Y al final, ¿Chile despertó o no?

Carlos Fuentealba Varela

La elección presidencial de este domingo en Chile es más grande de lo que parece. Porque no sólo definirá qué fuerza política regirá a ese país durante los próximos cuatro años. También marcará un nuevo espacio geopolítico para el cono sur y obligará a nuevos equilibrios regionales. Y además, definirá un nuevo tiempo. En medio de un proceso constituyente llamado a redefinir todo el marco institucional de ese país, la decisión por el timón ejecutivo puede incidir directamente en el destino de generaciones. 

Frente a todos estos enormes escenarios, abrumadores por inasibles, resultará orientador para el pueblo chileno mirar a lo concreto sin caer en el presentismo de la necesidad, en la dictadura de llegar a fin de mes.

Dado que, precisamente esta semana, el Senado rechazó la acusación constitucional contra el presidente Sebastián Piñera, por la venta de una minera en un paraíso fiscal revelada en los Pandora Papers, haría bien el pueblo en aprovechar la apertura democrática para expresar un juicio al respecto. 

Porque las palabras que el diputado Jaime Naranjo pronunció la semana pasada en la aprobación en primera instancia de la acusación, luego de 14 horas de discurso, no son para ser tomadas con la liviandad que la agenda mediática ha impuesto en la recta final de la presidencial. 

Pero hoy día este presidente (por Piñera) da un paso mucho más audaz y no solo involucra al Estado chileno con sus intereses comerciales sino aún más daña el honor de la Nación”. 

Ya el presidente Piñera quedó en la impunidad cuando violó los derechos humanos de nuestra sociedad de forma reiterada y estamos pagando las consecuencias. Pero hoy día este presidente da un paso mucho más audaz y no solo involucra al Estado chileno con sus intereses comerciales sino aún más daña el honor de la Nación. Nunca antes en la historia de este país hubo un Presidente de la República, en el ejercicio de su cargo, acusado por dos cosas tan graves. Chile juzgará a aquellos que están permitiendo esta impunidad en el país”, dijo entonces Naranjo.

Como era de esperar, la acusación se rechazó -¿Borrón y cuenta nueva entonces? Claro que no. Y mucho menos frente a una elección que deberá ser interpretada como un ejercicio juicioso. El pueblo juzgará. Pero será un juicio mucho más amplio que el que no pudo hacer una cámara de intereses amarrados a la Constitución que ya se despide. Y será un juicio mucho más profundo. La votación de los chilenos será un pronunciamiento sobre el camino que ha seguido el país en estos últimos años. 

Es cierto. Ningún pueblo está contento con la gestión de su gobierno ante una pandemia que aún no termina. Y los chilenos mucho menos porque al día de hoy somos el país con mayor nivel de contagios del hemisferio sur y enfrentamos los mismos niveles que tenía la Argentina a fines de agosto. Una fea foto, sí, que puede llegar a distorsionar mucho la película. Porque pese a todo, la gestión de la pandemia no fue mala. Entre la espada y la pared, el gobierno chileno, como todos, hizo lo que pudo. Y en varios sentidos pudo bastante. 

Todo ello redundó en que al día de hoy, pese al rebrote, el pais registre un total de 1 millón 745 mil personas contagiadas y 38 mil decesos, en una población de casi 20 millones de habitantes.

Nadie podría decir que fue filantrópica o altruísta en sus priorizaciones. Ni siquiera deseable. Pero lo cierto es que la política sanitaria chilena fue efectiva. Los habitantes del territorio chileno se comenzaron a vacunar masivamente ya desde febrero a un ritmo de 400 mil personas por día y  aunque el sistema de salud publica llegó hasta los límites de su capacidad, nunca colapsó. Todo ello redundó en que al día de hoy, pese al rebrote, el pais registre un total de 1 millón 745 mil personas contagiadas y 38 mil decesos, en una población de casi 20 millones de habitantes.

Por supuesto que esto no es celebrable. Con la muerte de por medio nadie puede vanagloriarse ni bajar la guardia. Tampoco tienen lugar acá las comparaciones, que resultan muy odiosas e improductivas en la esfera pública. Pero tampoco es desechable. El objetivo de estas cifras es sólo mostrar el complejo escenario en el que el pueblo chileno debe ponderar y decidir.

Más allá de la locura de los indicadores -que en su momento fueron nuestro único anclaje a la cordura- está también la experiencia subjetiva de la pandemia, que en Chile fue muy distinta a la de cualquier otra parte del mundo. 

El gobierno chileno se encontró con esta pandemia como un náufrago que  se cruza una boya en medio del mar. Y se aferró sin pudores.

A fines de 2019 y comienzos de 2020, en Chile corrían fuertes vientos revolucionarios. Cualquier chileno sabe que esto no es una exageración ni un deseo proyectado. Y sabe también que el gobierno chileno se encontró con esta pandemia como un náufrago se cruza a una boya en medio del mar. Y se aferró sin pudores.  Sintomático de aquello fue una foto que se sacó Piñera el 3 de abril de 2020, cuando finalmente todo el país se había encerrado para cuidarse, en la que posa en el epicentro de las protestas. El mensaje fue claro para todo el pueblo que lo miraba por celular desde el sillón: allá afuera, la calle era de nuevo del gobierno. 

El 3 de abril de 2020 Sebastián Piñera aprovechó que todo el país estaba encerrado para sacarse una foto en lo que había sido el epicentro de las manifestaciones.

Y no la soltó más. El toque de queda se mantuvo en Chile hasta el 1 de octubre de este año. Pero tampoco pudo apagar la brasa. El pueblo aprobó con un 78% de los votos derogar la constitución de la dictadura y escribir una nueva. La oposición arrasó en la elección de los constituyentes, que empezaron a sesionar este 4 de julio. Durante un tiempo, Piñera debió gobernar obedeciendo mucho más de lo que podía mandar. Como siempre debió ser. 

Las penurias de la economía, las fragmentaciones de la oposición y las legítimas contradicciones en la construcción del nuevo proyecto, abrieron un nuevo espacio para la reacción. 

Y entonces apareció lo que en Chile se conoce como ”el peso de la noche”. Las penurias de la economía, las fragmentaciones de la oposición y las legítimas contradicciones en la construcción del nuevo proyecto, abrieron un nuevo espacio para la reacción. 

Las encuestas recuperaron su peso y los opinólogos su prepotencia. Con el país militarizado, el gobierno volvió a dictar la agenda y a trabajar sistemáticamente para cerrar el horizonte que se había abierto en 2019. 

En esas semanas terribles, las protestas dejaron al menos 34 muertos, 12.547 heridos hospitalizados y más de 8.800 arrestados. Según el Instituto Nacional de Derechos Humanos, fueron más de 400 los mutilados oculares por la represión policial. 25 estaciones de Metro fueron quemadas completamente y dejaron de estar operativas. El presidente salió a declarar una guerra que tuvo que ser desmentida por el Ejército, mientras la Primera Dama hablaba de una “invasión alienígena”. Con temor, sí, pero sobre todo con esperanza, el pueblo cantaba: ”Chile Despertó”.

Este domingo Chile decidirá con su voto si Piñera es inocente o culpable

Dos años después nadie sabe si al país lo volvieron a dormir o solamente tiene los ojos cerrados. En el intertanto, como dijo Naranjo, “’se ha puesto en juego el honor de la Nación”. Este domingo Chile decidirá con su voto si Piñera es inocente o culpable. Pero aún más importante: los chilenos decidiremos nuestra propia responsabilidad como pueblo frente a las calamidades que hemos debido enfrentar. 

Que el sano juicio nos acompañe.

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