Todos los acuerdos son tibios

Por Patricio Barton

La Argentina no es una tierra fértil para los acuerdos. En casi todos los ámbitos lo que prolifera es la disputa a todo o nada, y el resultado puesto es quedar más cerca de lo segundo que de lo primero. No se trata aquí de grandes y desparejos acuerdos como el que tendrá que discutir el Congreso respecto del FMI. Nada de eso. Hablamos de pactos domésticos; esas pequeñas discusiones menores que se fuman los minutos del día a día.

No nos ponemos de acuerdo con la temperatura.

La disputa térmica no tarda en tomar la forma de una discusión. Si el día es muy caluroso, muchos entienden que el aire acondicionado debe llevarse a grados antárticos. Por el contrario, si hace frío, la calefacción es empujada hacia un colmo tropical. Y nunca es suficiente, no importa qué, nunca es suficiente.

Es curioso que hayamos delegado en los meteorólogos de la televisión –nuevas estrellas del espectáculo- nuestra facultad para sentir frío o calor.

Es curioso que hayamos delegado en los meteorólogos de la televisión –nuevas estrellas del espectáculo- nuestra facultad para sentir frío o calor. Si por el solo hecho de contar con el carnet de humano disponemos todos de un mismo órgano capaz de medir y regular la temperatura del cuerpo: el hipotálamo.

Con solo hacer caso a esa joyita ubicada en el centro del cerebro podríamos mantenernos templados: ese es nuestro termostato corporal. Pero preferimos ir hacia los extremos del termómetro.

El colmo de la provocación se registra en los cines y en los ómnibus de larga distancia, hábitats propicios para el bienestar de osos polares y otras especies afines.

En las antípodas, durante el invierno, proliferan los talibanes de la calefacción que hacen girar las perillas hasta superar los límites de una incubadora, sometiéndonos a envejecimientos acelerados y prematuros. Así es como en un simple viaje en micro de Buenos Aires a Villa Gesell se puede llegar a envejecer un año. Y radicándose en Gesell, el doble.

En un simple viaje en micro de Buenos Aires a Villa Gesell se puede llegar a envejecer un año.

Las temperaturas dominan nuestro ánimo y lo dejan más cerca de los solsticios que de los equinoccios. No hay una paritaria térmica que deje a todos contentos y así estamos tironeando de la frazada, ya sea para ponerla o para sacarla. Que de eso se trata este asunto de calenturas y enfriamientos.

El primer síntoma de la posverdad –esa epidemia global que no necesita evidencias para sostener que algo es cierto- se registró hace años cuando se inventó la sensación térmica. Por entonces se argumentaba que lo que marca el termómetro no es lo que sentimos y que ese nuevo índice vendría a cubrir la brecha.

Ya ni eso. No es posible establecer si hace frío o calor. Y la sensación térmica tampoco ha logrado consensos.

Nos está faltando un gran Acuerdo Térmico Nacional que establezca pautas de convivencia para afrontar lo que el termómetro marca. Y será tibio, como todo acuerdo.

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