Pacho O’Donnell, psicoanalista, historiador, dramaturgo y artista plástico: “Me hubiera gustado ser buen deportista”

Por Juan Tenembaum

Pacho O’Donnell es una persona que dejó pocos caminos por explorar en sus 80 años de vida. Casi no hay disciplina intelectual a la que no se haya dedicado: es médico psiquiatra, psicólogo, historiador y escribió diversas obras de teatro, cuentos y novelas. Además, fue secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires durante el gobierno de Raúl Alfonsín y secretario de Cultura de la Nación en los 90′. Cuenta que “descubrió su cuerpo a los 70 años”, momento a partir del cual empezó a entrenar.

–Tuviste Covid. ¿Cómo lo pasaste?

–Lo pasé bastante bien. Junto con mi mujer, no tuvimos mayores complicaciones.

–Debés acumular varios grupos de riesgo.

–Yo soy “riesguísimo”. Tengo 80 años, asmático crónico, todo. Lo único que tenía de bueno es que estoy en buen estado físico, y eso ayuda. Fortalece mucho el sistema inmunológico.

–¿Hace cuánto tenés buen estado físico?

–A partir de los 70 años. Me diagnosticaron una insuficiencia cardíaca, mi doctor me dice hace algo de gym para fortalecer las partes sanas de tu corazón, las que han quedado indemnes. Ahí me fui enviciando. Un amigo me enseñó como entrenar. En mi vida jugué al rugby, en Alumni, jugué al futbol, pero nunca fui muy buen deportista. Jugaba con mis amigos pero nunca me destaqué especialmente. Te diría que descubrí el cuerpo a mis 70 años. Hasta ese momento no tenía una gran relación con el cuerpo.

La semana pasada se estrenó “Un papel en el viento”, la última obra de teatro que escribió O’Donnell. Dirigida por Daniel Marcove, que ya trabajó en siete proyectos con el autor, la obra comienza con cuatro personajes encerrados en un lugar indeterminado, con solo una claraboya como conexión con el exterior. No se entiende como llegaron ahí, pero podemos ver que están encerrados juntos hace algún tiempo y no pueden salir. Según explica el autor, los temas de la obra son el tiempo y el encierro, lo que es decir, la muerte.

En los libertarios la palabra ´libertad´ es una palabra agredida. No creo que la libertad tenga nada que ver con Milei.

La sinopsis de tu obra me hizo acordar a la obra de Sartre, A Puerta Cerrada.

—Interesante lo que decís, porque yo soy un apasionado de los existencialistas. Más especialmente del más gran existencialista de todos, Fiodor Dostoievsky. Después de escribir la obra, buscándole una explicación, porque uno honestamente no sabe lo que escribe, encontré una frase de Dostoievsky, que era un creyente muy heterodoxo. Él decía: “Jesús se equivocó al sobreestimar la capacidad del hombre de soportar la responsabilidad, el peso de la libertad, de la elección”. Por eso lo de Sartre está bien. Porque Sartre plantea que venimos de la nada, y ese venir de la nada nos da y nos condena a la libertad. Eso está planteado en la obra: el conflicto que aparece cuando el ser humano tiene que hacerse cargo de su propia libertad, de su capacidad de decisión. Que, como decía Dostoievsky, es una responsabilidad demasiado pesada: la de elegir que hacer con la propia vida.

¿Entonces no te basaste en “A Puerta Cerrada”? 

—No, me basé en la pandemia. La obra fue escrita durante la pandemia, y trata los temas claves de la pandemia, que son el encierro y el tiempo, lo que es decir la muerte. Las dos cosas apuntan a la muerte.

—La inspiración, entonces, fue estar encerrado. 

—Sí. Yo ya tenía algunos apuntes sobre el encierro, una suerte de muñón de obra de teatro. Con la pandemia, me saltó del cajón y se me subió al escritorio. Pero fue muy difícil. Mis obras de teatro, en general mis textos más literarios, son aluvionales. cuando me siento a escribirlos me salen de un tirón, como una catarsis. En este caso fue muy laborioso, quizás porque la pandemia dificultaba mucho el aspecto imaginario, la posibilidad de la inmersión en lo menos real. Uno se pasaba escuchando sobre cuántos muertos, si los contagios bajaban o subían… Por suerte tuve la colaboración del director, Daniel Marcove. Nos entendemos mucho, dirigió siete proyectos míos. Con él fuimos destrabando nudos. Por ejemplo, yo me imaginaba un final muy distinto al que hay en la obra. Pero Daniel planteó la irrupción del afuera, que es tan temido, deseado y pensado como lo distinto, pero cuando aparece genera ese peso insoportable para el ser humano.

La obra fue escrita durante la pandemia, y trata los temas claves de la pandemia, el encierro y el tiempo, lo que es decir la muerte.

–¿Ves posible una lectura anticuarentena de tu obra?

–Yo no lo veo pero capaz sí. El autor no necesariamente sabe de qué escribe. Es una obra abierta. Me interesa cuando los personajes tienen dos relatos del mismo hecho, y las versiones conviven. Uno cuando escribe, el que escribe es el inconsciente. Y a veces la velocidad de la escritura no alcanza la velocidad del autor. El problema se genera cuando el autor quiere decir algo, bajar línea. Quiere que su obra hable de feminismo o diga algo sobre los desaparecidos: ahí es donde se fractura. Como si escucharas una orquesta y un violín desafinara. La función del autor es no estar, desaparecer, no pretender nada.

–La obra habla mucho sobre la libertad. ¿Qué pensás del fenómeno libertario, de las figuras de derecha que reivindican como propia la libertad, como Javier Milei?

–En realidad, lo que ellos reivindican es solo la libertad económica, el ultraliberalismo a ultranza. Ahí la palabra libertad quiere decir cualquier cosa, es una palabra agredida. Yo no creo que la libertad tenga nada que ver con Milei.

—En el flyer para la obra, vos pusiste: “Camus escribió que la vida es un absurdo. Pero, una vez arrojados al mundo, estamos obligados a transitarla. ¿Son posibles la dignidad y el sentido, a veces el humor? ¿O solo cabe la resignación y el encierro?”. ¿Es el humor una forma de enfrentarse al absurdo? 

—No estoy convencido de que tenga humor. Tiene dinámica, las interacciones se mueven con mucha energía. Lo del humor lo ponen en la propaganda par que no parezca demasiado dramática, creo que está bien en una gacetilla de prensa. ¿Vos te reíste mucho?

–No mucho.

–Por eso.

–Tus personajes están profundamente frustrados con sus vidas, además de encerrados. Y si no estuvieran encerrados, también estarían frustrados.

–Incluso no se sabe si no eligieron estar ahí. Otra cosa interesante es que ninguno está donde querría estar. Eso nos pasa a todos: es universal. Cuando vos le preguntás a la gente “qué querías ser de chico”…. Quizás querías ser bombero, y a lo mejor eso implicaba unas ganas de hacer cosas por los demás, y no cumpliste con eso. Nos vamos haciendo jirones de lo que queremos de nosotros mismos.

Tuve que pelear 70 años para darme cuenta de que tengo un cuerpo. Antes de eso, todo pasó por la cabeza.

–¿Y vos que querías ser de chico?

–De chico era muy neurótico. Incluso toda la adolescencia. Me conformaba con subsistir a un mundo que me resultaba muy inalcanzable. Me hubiera gustado ser un buen deportista. Cosa que no fui, y no soy. Pero admiraba mucho a mis amigos que eran buenos deportistas. Claudio Salinas, que al mismo tiempo jugaba en la tercera de Boca y en la primera de CUBA, era un fenómeno. Uno admira a la gente que hace lo que a uno le gustaría pero no hace.

–Y en cambio, te dedicaste a lo intelectual siempre.

–Sí, porque vengo de una familia con una muy mala relación con su cuerpo. Mi padre era petiso y sufría por eso, mi madre era obesa y mi hermano mayor, Guillermo, sufrió poliomelitis y tenía una pierna paralizada. Entonces el cuerpo no era algo exaltado en mi familia. Tuve que pelear 70 años para darme cuenta de que tengo un cuerpo, pero antes de eso todo pasó por la cabeza. Finalmente, los hijos tenemos que sobrevivir los deseos de los padres. Un psicoanalista muy interesante, Donald Winnicot, decía que habías terminado el tratamiento cuando habías logrado perdonar a tu padre. Todos hemos debido sobrevivir a nuestros padres.

–Tus personajes se repiten tanto que terminan poniéndole números a sus memorias. Vos, en cambio, sos una persona que se reconvirtió mucho a lo largo de su vida.

–Sí. Lo de reconvertirme tiene que ver con una honestidad conmigo mismo, ser leal a mis deseos. Eso es fundamental. Lo que traza la vida, de alguna manera lo que tiene que ver con la felicidad, es no renunciar a tus deseos. Lo cual no es fácil. Tampoco soy un tipo ejemplar, he renunciado. Pero también traté de jugar con la mayor cantidad de juguetes en mi placar, como cuando eras niño.

La vida se trata de no repetir lo de Sísifo, que es lo que te propone la sociedad actual: hacer que tu vida esté al servicio del sistema, que consumas.

–¿Como el personaje Diego, que mete un caño cuando no tenía que meterlo?

–Sí, es la capacidad de hacer algo cuando no se espera de vos. Venimos de la nada, o de la naturaleza, y vivimos en un absurdo, ya que hablamos de los existencialistas, como diría Camus. Y se trata de no repetir lo de Sísifo, que es lo que te propone la sociedad actual, hacer que tu vida pase al servicio del sistema, que consumas. El gran desafío es qué hacer de esa cosa absurda… El azar arranca con que en cada eyaculación masculina hay 250 millones de espermatozoides, y uno de esos sos vos. Si hubiera ganado el de al lado, el que perdió por media cabeza, serías otro. El azar es tan grande que todas las demás secuencias dependen de él. En la Biblia el hombre se plantea como el centro del universo, y después resultó que no solo no somos el centro del universo sino que ni siquiera venimos De Dios, sino de un mono africano que derivó en Homo Sapiens. Todas esas heridas hacen que la vida sea fundamentalmente un absurdo. El gran desafío es hacer de ese absurdo algo digno, algo que de alguna manera justifique el haber vivido. Y ese caño de Diego, de alguna forma, es lo que justifica su vida.

“Aunque un gobierno peronista sea malo, va a ser mejor para los trabajadores que cualquier otro”

Se viene el 17 de octubre. ¿Podrías ensayar una definición del peronismo?

–El peronismo, su base que no pierde a pesar de todo, es que es un movimiento que se ocupa de los problemas de los desamparados. Más allá de sus errores, y de algunos dirigentes, eso está en su ADN. Una vez –estábamos en un mal gobierno peronista– le pregunté a un peronista por qué seguía siéndolo, pese al gobierno. Él me dijo: “porque aunque el gobierno sea malo, para los trabajadores va a ser mejor que cualquier otro gobierno”. Esa es la esencia: la preocupación por lo que pasa a la gente de trabajo y a la gente desclasada. Eso es esencial, su ADN, no lo va a perder nunca. Puede cambiar de forma: Perón decía que el peronismo es una montura que tiene que servir para cabalgar los distintos tiempos. Por eso ha sido socialista, socialcristiano, revolucionario, liberal, pero siempre cumpliendo, bien o mal, con lo que está en su esencia.

La obra “Un papel en el viento” se puede ver en El Tinglado Teatro todos los jueves a las 20hs, hasta el 30 de noviembre. Está protagonizada por Nicolas Amato Garcia, Juan Manuel Correa, Pablo Flores Maini, Julieta Perez y Emma Serna, y la dirige Daniel Marcove.

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