La grieta en tiempos de tele

Por Diego Rojas

¡Grieta aquí, allá, acuyá y más allá también! Si no fuera que la así llamada “grieta” fuera, sobre todo, la expresión de una división de clase (es decir, de una misma clase social que ostenta capas y negocios dentro de un mismo proyecto estratégico) se podría ver ¡grieta! en todos lados. Diría el poeta Néstor Perlongher: “Bajo las matas / En los pajonales / Sobre los puentes / En los canales/ HAY LA GRIETA.

En la trilla de un tren que nunca se detiene /

En la estela de un barco que naufraga /

En una olilla, que se desvanece /

En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones /

HAY LA GRIETA”. 

Sin embargo, si Perlongher hubiera sido contemporáneo, hubiera escrito “En los canales de la tele / HAY LA GRIETA”. Porque si la “grieta” es un producto social, la televisión la expropia y amplifica.

Si la “grieta” es un producto social, la televisión la expropia y amplifica.

¿Qué sería si no esa señora pelirroja pero de apellido Canosa cuando toma una botella de no sé qué para ejemplificar las cualidades venenosas de las vacunas contra el Covid? ¿Y cuando esa misma señora simulaba leer un partido de fútbol: “La tiene corrupción, la pasa a los planeros, adelante está pobreza y tatatata GOLLLLL”?

¿Pero en qué se diferencia de Víctor Hugo Morales, que hizo una épica de la salida del vuelo argentino a buscar las Sputnik? “El viaje a Moscú, el viaje por la vida, el viaje con que todos soñamos, ya es tiempo comandante. Ha despegado”.

Dios santo y su madre santa maría siempre virgen. Con estos dos pasaría, pero diremos que así empieza el repaso de la actual grilla de la televisión.

Porque el señor que acompañó durante años y años a Marcelo Bonelli en A dos voces hoy es una figura central de C5N que, sea dicho de paso, les debe salarios a decenas de trabajadores abandonados a su suerte durante el mismo kirchnerismo. Pero habrá que notar que el hombre llamado Gustavo pero que se hace llamar “felino” eleva la voz de modo tal de que hay que bajar el volumen a la hora de mirarlo y que es un cruzado del kirchnerismo. Expresa la tan famosa “fe del converso”.

El hombre llamado Gustavo pero que se hace llamar “felino” eleva la voz de modo tal de que hay que bajar el volumen a la hora de mirarlo.

¿Y ese actor de poca monta, de películas clase C que se hace llamar Baby y que -perdón, siempre me sorprende- se autodenomina perseguido y se hace formar parte de un batallón de perseguidos y que es un misógino absoluto y posee un nivel político tal como ese, no sé, ¿trapero?, que se hace llamar EL DIPY y a la que hay gente que sigue ideológicamente. Porque si este no es el fin del mundo, ¿el fin del mundo dónde está?

Ni hablar del canal del ex presidente. Un ex militante del Movimiento Todos por la Patria convertido en un reaccionario cualunque, un señor que habla sobre charutos (les contaré que un amigo por chat se hizo pasar por mujer y que Feinmann la invitaba a su haras, a cabalgar, al velero, pero ella era tímida y él insistente) u otro que comenzó su carrera en una revista en la que, medio en serio, medio no, le dijeron que buscara cuánto cobraba Neustadt cada nota. Bueno, volvió a la redacción. “Me mandó a cagar”, dijo acongojado. No importa, podría ser una primera vez salvo que insiste en un enjambre de pensamientos para escribir una palabra insulsa.

Estamos condenados.

Debo confesar sinceramente que cuando, oh tan de vez en cuando, despierto a las siete u ocho pongo Tenembaum, que María O’donnell  es una genia, que Sietecase me cae simpático y Bercovich es una arrolladora. Es decir, he elegido la radio. Cuando saco a pasear a Leni, mi perra salchicha, escucho podcasts, y así. Es la salvación en los tiempos del cólera.

¿Y Lanata? Ah, no. Ni me digan. Ya me imagino dónde está ese señor.

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