¿Evita y Gardel eran la misma persona?

Por Patricio Barton

Hágase la siguiente experiencia: colóquese un rodete postizo en la coronilla de cualquier monumento de Carlos Gardel. El resultado instantáneo será un busto conmemorativo de Eva Perón.

Esta modalidad de homenaje 2×1 parece haber sido la idea rectora de los intendentes que, con escasos recursos, no se han privado de hacer emerger de las entrañas de sus feudos bustos de Gardel y de Evita. Y viceversa.

El pelo tirante y una sonrisa eterna alcanzan para disparar el recuerdo y la confusión. Los gestos similares también distorsionan sus biografías simétricas: la popularidad, la juventud trunca y la muerte trágica. Aunque cuando Gardel murió, Evita todavía era una adolescente de 16 años que ya estaba en la mitad de su vida. Pero la estatua no viene con manual de instrucciones.

Son tantos los monumentos que evocan a estas figuras, que cada vez que un municipio llama a licitación para emplazar un nuevo busto, los escultores del barrio salen con un molde de yeso de la cabeza de Carlitos, y con un rodete en el bolsillo, por si acaso sea Eva la víctima de la hemiplejia escultórica.

Cada vez que un municipio llama a licitación para emplazar un nuevo busto, los escultores del barrio salen con un molde de yeso de la cabeza de Carlitos, y con un rodete en el bolsillo.

Siempre es incómoda la exigencia de que la piedra se parezca al difunto. Es más fácil la alegoría a valores abstractos como la libertad, la igualdad y la fraternidad, que puede prescindir de sonrisas y de rodetes.

Pero en los últimos años una nueva corriente de escultura hiperrealista se impuso en las calles de Buenos Aires. Todo empezó con Olmedo y Portales (Borges y Álvarez) sentados en el sofá de la esquina de Corrientes y Uruguay. La instalación replica una escena ochentosa que los turistas locales agradecen incorporándose a la foto. Pero esa modalidad se multiplicó en otras calles para homenajear a ídolos populares que aún viven o que casi. Todos portan un gesto duro y colorido, más propio del maniquí que de la escultura. Como están las cosas, Víctor Laplace ya es más parecido a Perón que aquel Juan Domingo de las tres presidencias. La réplica es más valorada que el tributo. Y en una postal del futuro ya puede verse un acto peronista frente a un monumento a Víctor Laplace.

Todo empezó con Olmedo y Portales (Borges y Álvarez) sentados en el sofá de la esquina de Corrientes y Uruguay.

El hiperrealismo le quita al homenajeado toda pretensión de inmortalidad. Lo devuelve a la tediosa condición humana de ser un mortal común y corriente, como el que acá escribe y como el que allá lee. El “tamaño natural” que se presenta como si se tratara de una ventaja comparable al “paquete familiar” de un pan lactal no ayuda a tomar distancia para la veneración que los héroes requieren.

La escala también es un problema. Son pocas las cabezas que se corresponden con el tamaño de los cuerpos. Cada monumento tendría que emplazarse con el torso del homenajeado sin el bocho. Y que la escultura pudiera ser completada con una cabeza a rosca del talle que corresponda. Todo sea para evitar confusiones y que los homenajes no tengan el aspecto de un souvenir de la ciudad.

Antes en Barcelona y ahora en París se venden muñequitos de Messi en miniatura, valga la redundancia. Pero en ambos lugares demoran un monumento. Y lo bien que hacen.

Por aquí las Evas y los Gardeles se multiplican sin entrar en detalles de cuál es cuál. En la avenida Corrientes, muy cerca de la esquina con Billinghurst, hay en la vereda un busto de Carlos Gardel protegido por una jaula con una trama metálica tan cerrada que parece haberse tomado en serio aquello del “Zorzal Criollo”. El artefacto lo resguarda tanto de la amenaza de los vándalos como de la mirada de los peatones (un gesto que sus retinas deberían agradecer).

A un costado han quedado los samartines, los sarmientos, los belgranos y el resto de los próceres cuyas figuras inmortales resisten los embates de los innovadores que, por cambiar nomás, bien podrían reemplazarlos por muñecos de animalitos como ya han hecho con los billetes. A ellos nadie les exige ser como en la foto.

Y lejos de los gestos gardelianos que no se le niegan a ningún busto criollo, hay en un lugar secreto de la Argentina un pedestal vacío que espera a un prócer polivalente que tiene en su rostro los rasgos de todos nuestros héroes. En su base ya está instalada una placa que dice: “No hay nada más lejano que lo que se parece”.

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