Cómo comprar un inodoro antes de una elección

Por Jairo Straccia

“Señá el inodoro hoy, porque el lunes puede cambiar de precio”.

La frase, suelta en una casa de sanitarios de Barracas el jueves pasado, encierra así en su simpleza, toda la inestabilidad que puede reflejar el funcionamiento de una economía como la argentina, que cada vez que hay elecciones le hace la previa a la fiesta de la democracia con una serie de comportamientos que vistos por algún extranjero deben parecer muy extraños.

Ya sea que se trate del consumidor que está remodelando el baño y busca el mejor trono o de la multinacional que contrata gurúes a US$ 1500 la exposición, lo que guía en el fondo todas las decisiones de estos días es la creencia de que a partir del lunes después de que hablen las urnas el precio del dólar puede cambiar, y con él los números con los que se mueve el resto de la actividad.

Lo que guía en el fondo todas las decisiones de estos días es la creencia de que a partir del lunes después de que hablen las urnas el precio del dólar puede cambiar.

No importa si hay razones reales para que ocurra. Nadie mira si el tipo de cambio real multilateral -cómo estamos respecto de otras monedas- empeoró o mejoró en el último año. Tampoco nadie se detiene ante las advertencias de que podemos estar frente a movimientos especulativos de actores que busquen influir en los comicios.

“Las elecciones no se atraviesan en pesos”, es el lema de los que han incorporado a fuerza de sacudones los conceptos básicos de las finanzas argentinas al menos en la última década. El que puede ahorrar, busca todo lo que parezca un dólar. El que tiene justo, compra antes por las dudas. El que tiene mercadería, remarca un toque de más o se la guarda.

Y el que tiene que gobernar se prepara para la turbulencia, que por más anunciada que sea, siempre es una turbulencia.

El recorrido de la última década es fulminante. Después de la reelección de Cristina Kirchner en 2011, llegaron las restricciones para comprar divisas y con ellas la brecha entre el dólar oficial y el libre e ilegal.

Tras las legislativas de 2013, pasaron un par de meses y el dólar saltó 30% en el verano de 2014. Tras el triunfo de Mauricio Macri en 2015, se unificó el mercado de divisas y el tipo de cambio pasó de $9 a $15. Unos meses después de la votación de 2017, arrancó la corrida que llevó la cotización a más de $40.

Previa clásica. Remarcaciones, compras anticipadas y stockeo, reacciones de siempre antes de votar.

No hace falta recordar la megadevaluación del lunes posterior a las primarias de 2019, cuando Macri hablaba con ojos desorbitados y Alberto Fernández ya se vestía de presidente electo, mientras el dólar se ubicaba arriba de $60.

Incluso, ese mismo año en el domingo de las generales, había gente tratando de comprar divisas por aplicaciones porque  se venía la noche, había reunión de directorio en paralelo al recuento de votos y al día siguiente se impuso el cupo de US$200 que todavía rige hoy. Lo repasás y es una locura que chipea en verde hasta el youtuber menos interesado por las noticias de economía.

Viaje a lo recontra conocido

Entonces, ¿cómo convencer a alguien en la Argentina de que después de las PASO de hoy no va a haber consecuencias? ¿Cómo hacés para que esa expectativa no genere una carrera dolarizadora ante la posibilidad de que la historia se vuelva a repetir?

Está difícil. Solo este contexto puede explicar un compilado de hechos de la vida económica como los que se pudieron registrar esta semana:

  • Materiales de la destrucción. En el corralón pegado al local de los bidets y lavatorios ya es una obviedad que no te den precio por estas horas y que te chamuyen que “no hay producto”. Lo que se vende, además, ya tiene el ajuste acorde con el incremento del dólar paralelo, que saltó de $180 a $188 en algunas cuevas. Si vas a encargar unos perfiles de aluminio, “bancame a la semana que viene que todavía no me mandaron”. Encima el aluminio se dispara en el mundo por el golpe de Estado en Guinea. Sale meme del señor Burns con los brazos abiertos mirando  al cielo.
  • En la casa de electrodomésticos, que viene castigada tras un año y medio de pandemia, una pequeña cola se armó en la caja. La combinación de los planes de cuotas subsidiados que empuja el Gobierno se combina con que todavía quedan esas heladeras tope de gama que habían entrado al dólar de hace quince días. Una oportunidad de dolarizar un poco la casa que no vale la pena dejar pasar, porque con esta brecha de más del 90% no pinta que el precio se mantenga la semana que viene. Un consumo apurado por esos mixed feelings de que podés estar haciendo un negoción si en cuestión de horas todo puede estar más caro, para no pensar que tal vez tus ingresos, medidos en dólares, pueden estar por bajar otro escalón.
  • Dólar oficial S. A. En la empresa donde fabrican algunos de esos bienes, como en todas las que tienen insumos del exterior, intentan aprobar todas las compras de importaciones que puedan. Sacarle divisas al tipo de cambio oficial al Banco Central es la carrera del momento. En los últimos 11 días el ente monetario cedió más de US$ 800 millones de dólares de las reservas ante la demanda donde también se anotan los ahorristas minoristas que no están vedados. Esa sangría alimenta la expectativa de devaluación y vuelta a empezar.
  • Arranca y frena. En las concesionarias de autos hay una combinación del “faltan modelos” porque no están entrando de Brasil y México tantos como pide el mercado con el “no tengo precio” habitual en tiempos de elecciones en los que se acelera el dólar paralelo. Es que el que tiene billetes en el colchón y los cambia en la cueva hace negocio al comprar vehículos con precios al tipo de cambio oficial de hace unas semanas. El tema es que al mismo tiempo con un cupo para traer unidades de afuera por falta de divisas no hay oferta que alcance.
  • En el campo, mientras tanto, es el momento del año en que dejan descansar la producción en silobolsas, y más cuando hay definiciones electorales a la vuelta de la esquina. La Fundación Mediterránea recuerda que hasta hace 15 años, para agosto ya se había vendido el 75% de la cosecha, y que ahora estamos en el 50% en el caso de la soja: restan colocar 23 millones de toneladas sobre 46. “En un contexto inflacionario, donde las opciones tradicionales de ahorro rinden en terreno negativo en términos reales y existen restricciones a la compra de divisas, la concentración del capital en un activo atado al dólar como la soja, resulta en una alternativa muy atractiva”, dice el reciente informe del think tank cordobés titulado “Los agrodólares entran en su cuarto menguante”.
  • Pesos hasta ahí. En el Ministerio de Economía, para completar el paisaje, para conseguir este jueves que el mercado le preste plata al Tesoro, no alcanzó con ofrecer rendimientos a un cortísimo plazo. Con vencimientos para después de las elecciones, el Gobierno da lo que todos quieren: bonos en pesos atados a la evolución del tipo de cambio, papu. No hay otra, salvo aumentar más fuerte la tasa de interés, como le reclaman desde el Banco Central, donde ven cómo se le van las divisas.
  • Gambito eterno. Los operadores financieros más sofisticados, hablan sin vueltas del “trade electoral”. En la superficie discuten si el resultado de la elección derivará en un “giro racional pro mercado” o la “profundización populista” y sobre la base de esas lecturas lineales que hacen analistas por Zoom alientan subas y bajas de precios de títulos y acciones. El que compró un papel del Galicia hace 10 días porque creyó la tesis incomprobable de que “habrá paridad electoral que obligará al Gobierno a un acuerdo rápido con el Fondo Monetario Internacional” y vendió el jueves, después del último salto, ya ganó. El que espera a la madrugada del lunes para ver si hay una lectura caprichosa que justifique otro aumento, vivirá con cosquillas en la panza cada racconto. El recuerdo del humo del “empate” que hizo bullir los mercados antes de las PASO del 2019 está fresco. Como sea, la firma Consultatio tuvo llamativa sinceridad, al publicar que “las elecciones no ponen nada relevante en juego” en materia de dirección de la economía. Veremos.

Nada de todo esto es nuevo. Se trata de hechos repetidos a lo largo de los años. La base, una historia de inestabilidad, esa calzada resbaladiza de nuestro desempeño económico, en la que chocamos porque nos quedamos sin dólares y todo salta por los aires. Una rotonda infinita donde la inflación hace que tampoco tengamos moneda: nadie se quiere quedar con $1000 en el bolsillo por miedo a que el mes que viene no le alcance para un queso Cremón completo.

Trade electoral. Los financistas operan con lecturas caprichosas sobre “cómo girará” el gobierno según el resultado.

Y todo potenciado, hay que decirlo, porque además en los años de elecciones, esté quien esté en la Casa Rosada, siempre gobierna el Mo.Do.Ba, el Movimiento Dólar Barato, la estrategia a la que han apelado desde el kirchnerismo en 2011, 2013 y 2015 hasta el macrismo en 2017. Para intentar mejorar el poder de compra al menos temporalmente y conseguir apoyo en las urnas, el tipo de cambio sube menos que el resto de las variables, en especial que los salarios, aún a riesgo de que el día después el elástico se suelte más de golpe.

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Este año el dólar oficial puede terminar subiendo 25% contra una inflación de 40 y pico o más. Igual tal vez no haya un salto brusco, puede ser. El consenso se inclina por que a partir de noviembre vuelva a haber una aceleración de las minidevaluaciones. Pero nadie tiene claro qué pasará con los dólares paralelos, que empañan cualquier evocación nostálgica de tener un ciclo de crecimiento fuerte a la Néstor 2003.

Además, está el FMI esperando cobrar. La pobreza marca más del 40% y hay que tratar de que los precios de los alimentos se desaceleren.

Cualquiera sea el resultado de las elecciones, nada será fácil.

El vendedor de inodoros parece que algo sabe.

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