11-S: cómo cambió el mundo y cómo cambió mi mundo

Por Diego Rojas

CINCO

Éramos jóvenes en 2001. La Argentina vivía tiempos convulsivos. Ese 11 de septiembre de 2001 reafirmó que vivíamos el peor de los tiempos, el mejor de los tiempos. La Argentina vivía una crisis catastrófica. El movimiento piquetero se había puesto en pie de guerra contra el ajuste. En Salta una procesión de trabajadores desocupados encabezada por una imagen de la Virgen había sido baleada y muerto el colectivero Aníbal Verón. En Neuquén un niño frente a las cámaras le reclamaba al gobernador un trabajo para su padre, para que su familia pudiera subsistir. Todo era caos. Todo era incertidumbre y lucha.

Comenzaba así una guerra contra los Estados Unidos, que se convertiría en una guerra de Estados Unidos contra el mundo islámico. 

De pronto, el mundo se convirtió para todos en el mundo, de la peor manera. Ese 11 de septiembre dos aviones colisionaron de modo atentatorio contra las dos Torres Gemelas, símbolo arquitectónico de la ciudad de Nueva York. Hubo más de tres mil víctimas fatales, entre ellos, los hombres y mujeres que decidían saltar desde los más de cien pisos de los edificios para evitar, de ese modo, morir bajo las llamas, evitar sus cuerpos quemados hasta el fin, el dolor inmenso, la tortura del fuego. Fuego que no sería extinguido sino hasta tres o cuatro meses después, ya que luego las dos torres caerían, es decir, se desmoronarían provocando que los oficinistas huyeran bajo el manto gris de los materiales que habían edificado esos edificios. Comenzaba así una guerra contra los Estados Unidos, que se convertiría en una guerra de Estados Unidos contra el mundo islámico. Es que los atentados habían sido realizados para la esfera de la Jihad, es decir, la Guerra Santa, que no tiene límites.

La torre 2 del World Trade Center se derrumba.

CUATRO

Yo laburaba en la agencia Infosic-Infofax, que luego sería cerrada por la patronal. Yo, como delegado, apunté a una lucha con mis compañeros de trabajo de magnitudes estrafalarias. Ocupamos la agencia, y para lograr la responsabilidad patronal, tomamos las instalaciones de otro emprendimiento en otro edificio. Creo que una acción de tal naturaleza nunca fue replicada en el gremio de trabajadores de prensa.

Yo apunté a una lucha con mis compañeros de trabajo de magnitudes estrafalarias. Ocupamos la agencia y tomamos las instalaciones de otro edificio.

Fue tremendo. Logramos desenvolver el conflicto, pero no fue como hubiéramos querido. La lucha de clases es así. Pero volviendo a ese septiembre, entre el conjunto de pantallas veíamos, todos fuera de los teclados, que había habido un atentado en una torre de las dos gemelas Luego vimos, en vivo, el segundo avión. Yo sentí un tremor en mi cuerpo. Mi hermano Cristian estudiaba y vivía en Nueva York.

TRES

Yo quería mucho a mi hermano Cristian. Habíamos militado juntos. Él con sus propias ideas, pero compartimos una organización, el Partido Obrero, que nos unió aún más. En un loco local de Palermo, con gente rara, fui elegido a los pocos meses como responsable político. Hicimos un laburo militante muy fructífero en las casas ocupadas de la traza de la AU3 -autopista nunca realizada por Cacciatore-, entre las travestis en lucha con Lohana Berkins que iba a nuestro local permanentemente, o Diana Ecbazú, que suscribía a nuestro periódico a sus compañeras de hotel y a quien el hoy historietista Ernán Cirianni les llevaba y leía nuestros editoriales mientras ellas se montaban y le mostraban sus vestidos. Cristian tenía un rol en todo esto hasta que emigró. Ese 11S yo estaba desesperado. Mis padres no habían recibido llamada suya. Me fui del laburo a un locutorio. Estaba saturado el sistema comunicacional de Nueva York. Después de llamar miles de veces, Cristian me atendió: “Esto es un desastre. Tenemos que ir a Afganistán y hacer polvo a todos, matar a todos los afganos”. Mi mundo también cambiaba.

Ese 11-S yo estaba desesperado. Mis padres no habían recibido llamada de mi hermano desde Nueva York.

DOS

Todo estaba loco. Aquel día Hebe de Bonafini junto a Osvaldo Bayer y otros celebraron los atentados. En la Facultad de Filosofía y Letras hubo agrupaciones que pasaron por los cursos para informar el golpe al imperialismo. El odio a la prepotencia estadounidense tomaba formas alocadas. En los Estados Unidos hubo atentados contra personas de aspecto musulmán. En Palestina se festejaban los atentados. Antes de la coherencia, el mundo se había vuelto loco. Los Estados Unidos invadieron Afganistán en diciembre de 2001, impusieron un virreinato allí, por varios años. Bombardearon inclementemente el país, recluyeron a sospechosos de ser talibanes en la zona militar de Guantánamo, torturaron masivamente como en Abu Graib. La ocupación duró veinte años.

UNO

Veinte años. Mao TseTung decía, adepto a las metáforas, “el imperialismo yanqui es un tigre de papel”. Veinte años antes de la derrota militar y política de los yanquis en Afganistán. Los talibanes tomaron Kabul. Afganistán es un cementerio de imperios. Primero los británicos, luego los soviéticos, ahora los estadounidenses. ¿Y la Argentina? Dos meses después del 11S se derrocó con movilizaciones populares a De la Rúa. Han pasado veinte años. Los ciclos de la historia suelen  desenvolverse.

CERO

Un piloto cambia el rumbo de su plan de ruta. La cabina del comando del avión fue cerrada de modo infranqueable. El piloto escucha a los pasajeros golpear las puertas, intentar entrar. De nada sirve. El piloto ve el elevado edificio. Se dirige hacia allí. Se acerca cada vez más. Quizás haya cerrado sus ojos. Se estrella contra una Torre Gemela. Todos mueren. Quizás sepa el piloto que cambió la historia. Que instituyó en la vida cotidiana el terror.

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