Has recorrido un largo camino, muchacha drag

Por Diego Rojas

Esta semana vi el documental Wig, que emite la señal HBO Signature (que muestra las producciones propias de HBO, por lo general) y que fue producido en 2020 por Neil Patrick Harris, aquel actor que interpretaba al yuppie rubio en la recordada serie How I met your mother. El documental recorre la historia de Wigstock, un festival tipo Woodstock pero que exhibía performances de drag queens en Nueva York a partir de 1984, quince años después de la rebelión de Woodstock que enfrentó a la comunidad LGBTI con el aparato represivo estadounidense y dio un gran impulso al movimiento de liberación de la comunidad -es poco sabido que los sectores que comenzaron la revuelta contra la policía, y que luego convocaron a gays y lesbianas de la ciudad durante cuatro días, fueron las chicas travestis hartas de la prepotencia junto a las drags, que eran, sobre todo, visibles. Wigstock es una referencia a las pelucas (“wig”, en inglés) que usan las drags para montarse y que forma parte de su arsenal junto a maquillaje recargado, vestidos ampulosos, lentejuelas y tacos de muchos centímetros que usan para realizar sus performances escénicas, que suelen incluir música y cantos o, también, el lip sync, la mímica labial sobre canciones pregrabadas. Claro, y coreografías, muchas coreos.

En esa exageración de maquillaje, con un histrionismo desbordado y un humor sarcástico se juega el homenaje, primero, y la burla después a los roles de género asignados por una sociedad patriarcal y heteronormativa.

Quizás el lector sepa que hay ciertas diferencias entre drag queens y travestis y que las primeras realizan su “montaje” con rasgos que exageran los de las mujeres, con fines en especial performativos y artísticos y que en esa exageración de maquillaje, con un histrionismo desbordado y un humor sarcástico se juega el homenaje, primero, y la burla después a los roles de género asignados por una sociedad patriarcal y heteronormativa.

La serie Pose.

Las drag pueden no ser necesariamente gays o travestis, sino que un hombre trans puede ser también una drag en el momento que así lo desee. Las travestis, en cambio, asumen su condición como parte de su construcción genérica. Claro que los vasos comunicantes entre unas y otras son muchísimos y los bordes de las identidades de unas y otras muchas veces se difuminan. Una curiosidad es que el nombre de drag proviene del teatro isabelino. Helen Mirren, la gran actriz británica, contaba en el Show de Graham Norton (¿cómo que no lo conocen? Es un programa semanal de la BBC de entrevistas a actores, actrices y celebridades de todo tipo en el que el humor es el plafón para el desarrollo de las cuestiones más actuales y que emite la señal A&E) que Shakespeare anotaba drag cuando los actores interpretaban personajes femeninos -en aquella época, el escenario le estaba vedado a la mujer- usando el acrónimo DRAG: “dressed as another gender”.

Wigstock comenzó en una etapa ya ida de Nueva York, en la que cierto componente trash atravesaba barrios enteros de la ciudad, donde los subgrupos culturales, o más bien contraculturales, pululaban en una metrópoli cosmopolita y diversa que, a la vez, estaba asolada por la aparición del HIV-SIDA y que, más tarde, bajo el gobierno del alcalde Rudolph Giuliani con su política de ley, orden y mano dura contribuyó a la gentrificación de la urbe, la expulsión de estos grupos de la ciudad y la especulación del negocio inmobiliario. Aún así, las drag se reunían en una plaza y con el correr del tiempo convocaban a miles de espectadores, no sólo de la comunidad LGBTI sino también familias con sus niños a vivir esa experiencia.

RuPaul: Carrera de Drags.

Era la época que retrata la serie Pose, que se puede ver en Netflix, en la que el modo de bailar haciendo poses y que luego sería popularizado mundialmente por Madonna formaba parte de la vida nocturna de las drags, que vivían en familias, con madres que adoptaban a las trans más jóvenes porque, se sabe, aún sigue ocurriendo que ante la salida del clóset las familias pueden abandonar a los y las adolescentes que dan ese paso trascendental en sus vidas.

Toda esta historia dio lugar a programas como Ru Paul´s Drag Race, que también se puede ver en Netflix, y que llevó durante ya quince temporadas la vida drag a los televisores familiares e incorporó esa forma de expresión a la vida contemporánea con gran éxito. Películas como Priscilla, la reina del desierto, celebradísima y que tuvo una puesta teatral en Buenos Aires que llenaba sus funciones protagonizada por Pepe Cibrián -luego reemplazado sin mayor esplendor por Moria Casán- forman parte de esa evolución.

Priscilla, la reina del desierto.

En la Argentina hay una cultura drag, no tan desarrollada pero existente desde hace décadas. Shows de drags existen, himnos como “Se dice de mí”, de Tita Merello, la argentinizan y es una forma cuya expansión cultural, como todo, fue limitada por la pandemia.

Sin embargo, se debe notar que recién en 1998 se derogaron los Edictos Policiales en la Ciudad de Buenos Aires y que arrestaban a personas que usaran atuendos que no fueran propios “de su sexo”. Las travestis argentinas en aquella época, que vivían en hoteles de mala muerte para salir de noche a la prostitución de las zonas rojas y a quienes les estaba vedada la luz del sol lograron, en conjunto con un movimiento popular que las tenía a la cabeza, la derogación de esos edictos. Entre muchas, se puede mencionar a Lohana Berkins y Nadia Echazú como las activistas más destacadas de esa lucha, ambas fallecidas ya. Recuerdo que una vez derogados, era posible ver a grupos de chicas travestis paseándose por las calles más concurridas, montadas como para las mejores fiestas, exhibiendo un triunfo de la libertad.

En la Argentina hay una cultura drag, no tan desarrollada pero existente desde hace décadas.

De cualquier manera, en el país la prostitución era la forma de subsistencia más común para las travestis, salvo excepciones que marcaron la época, como el estrellato de Cris Miró o Flor de la V

Hace poco tiempo se aprobaron los cupos laborales para personas trans, que deberían obligar a las patronales estatales y entiendo que privadas a contratar a una cantidad de su personal entre personas pertenecientes a las comunidades trans. Eso marcará, si se cumple, un gran avance para los derechos de esta minoría. Que podrá festejar poniéndose pelucas, exhibiendo sus formas tan trabajadas, subiendo a zapatos de tacos aguja y maquillándose con delectación de relojero. Será una fiesta a la que estaremos todos y todas invitados. 

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