El contraste de los Bullrich y los que juegan con la crisis

Por Jairo Straccia

La entrevista de Mauricio Macri con Juana Viale en TV el fin de semana pasado se viralizó porque el ex presidente contó que en lo peor de la crisis de 2018 llegaba a la residencia de Olivos y se clavaba una maratón en Netflix para desenchufarse y “reconstituirse”. Unpopular opinion: de todo lo que hizo en su gobierno, demostrar hasta la exageración la importancia de cortar con el laburo y dedicarte a la familia y el descanso debe haber sido uno de los mejores legados para la sociedad.

Al margen, en una nueva edición de “hablando para los propios”, Macri volvió a describir más en extenso una idea que viene desgranando desde que publicó su libro Primer Tiempo. Y es que si Juntos por el Cambio vuelve al poder podrá aplicar un plan de shock como no se animó en su mandato porque para entonces el país estará tan prendido fuego que nadie se atreverá a decirle que sea gradualista con la reducción del déficit fiscal, que tenga reparos con el ajuste del Estado o que piense en la industria del Conurbano antes de ir a full con la apertura de las importaciones.

Es lo que otras veces había simplificado en la frase esa de que si le toca volver al poder piensa “hacer lo mismo pero más rápido”, solo que esta vez hizo más explícitas las condiciones que le permitirían llevarlo a cabo. Así le dijo a Juanita: “En 2015 llegamos con el país quebrado y nadie sabía (…) en 2023 será totalmente distinto, porque vamos a estar en una crisis económica peor que la de 2015 lamentablemente porque ya la estamos empezando a sufrir, pero vamos a ser conscientes y esa madurez de la ciudadanía y ese empoderamiento le va a dar la oportunidad de plantear los cambios desde el día uno, y hay que hacer todo lo que haya que hacer desde el día uno para que haya trabajo”.

Dame una crisis

La fantasía de las crisis generadoras de consensos que faciliten la adopción de políticas muchas veces impopulares tiene bocha de adeptos en la Argentina. Cuando el dólar blue rozaba los 200 pesos el año pasado, un banquero graficaba: “Esto lo van a arreglar entre todos cuando haya 50 mil personas frente a un supermercado de La Matanza”. Un ex presidente del Banco Central de larga trayectoria en distintos gobiernos y siempre con un plan económico a mano, cuando suena para agarrar la manija de la cosa, responde: “Yo siempre voy a asumir después de que ocurra la crisis”.

Esto puede pasar básicamente por dos motivos. Primero, porque es lo que ofrece el espejo retrovisor de la historia cada vez que se piensa en períodos de reformas y crecimiento más o menos duraderos, como la Convertibilidad tras las híper de fines de los 80 y principios de los 90 o como la expansión de Duhalde-Kirchner tras el 2001. Y en segundo lugar, porque las llamas de los estallidos le hacen todo el trabajo a la política, que sobre tierra arrasada se ahorra ceder para alcanzar acuerdos o trabajar de manera consistente sobre variables sensibles de la economía que cuando todo explota vuelan por el aire para que cualquiera baraje y dé de nuevo, eso sí, mientras el país se desangra.

Ojo: la ilusión de la debacle ordenadora es un sueño húmedo de buena parte del establishment, aunque en este momento choca con el temor racional de algunos que anticipan que tal vez haya un punto de no retorno para el propio sistema o para sus propios intereses, viendo cómo todo cruje en la región. Han aparecido figuras outsiders por derecha como Jair Bolsonaro en Brasil, o por izquierda como el sindicalista Pedro Castillo que llegó a una segunda vuelta y con chances de ganar en Perú.

En definitiva, no hay Durán Barba que le pueda asegurar a Macri que su idea de la crisis-allana-caminos no se lo llevará puesto a él también. ¿Cómo separar esa supuesta situación bomba que imagina de los tres años de caída del salario real que arrancaron con su gestión, donde el dólar no paró de subir con una inestabilidad y recesión difíciles de olvidar para la población? ¿Cómo podrá bailar en la Casa Rosada si todo se brota con los precios de los alimentos por las nubes, si en el caso de la carne, el asado ya se había cuadruplicado también entre 2015 y 2019? Y sobre ese contexto, ¿cómo imagina que él o su fuerza política eventualmente tendrá la legitimidad para tomar medidas impopulares por más quilombo que haya?

El dilema Bullrich

La apuesta de Macri de que el “segundo tiempo” llegue después de la crisis terminal que dejará “el populismo” explica en parte también por qué su principal referente en los medios es la líder del PRO, Patricia Bullrich, que es la reina del optongo (opino, total no gobierno) y que da la impresión de que juega al cuanto peor mejor.

Así, sobre preguntas válidas como por qué acá no se le compró vacunas al laboratorio Pfizer luego de haber puesto gente para el ensayo clínico mientras por ejemplo nuestro aliado México sí, la ex ministra de Seguridad manda fruta a lo loco alentando el enojo en momentos muy delicados para la población. De golpe, afirma sin un papel que hubo un pedido de “retorno” a la multinacional pero después aclara que hablaba de “intermediarios”. En otro momento, agita el eslogan “no hay vacunas” cuando hasta el editorialista Carlos Pagni ya debió aclarar que en dos meses ese concepto será intrascendente dado que las dosis están cada vez más por todos lados.

Esta especie de vale todo contrasta con el mensaje que también el mismo sábado de la semana pasada transmitió por CNN En Español el otro Bullrich de Juntos por el Cambio: Esteban. Afectado por la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad sin cura que entre otros problemas le impide hablar claramente, el también ex ministro de Educación subrayó que el principal problema de la Argentina es “la falta de humildad de la dirigencia política”, y señaló una tara según él presente por igual tanto en la administración anterior como en el gobierno de Alberto Fernández: la incapacidad para pedir ayuda y laburar con los otros.

Guzmán y Cristina, también

Lo loco es que la amenaza de la crisis aparece también dentro del gobierno cada vez que el ministro de Economía, Martín Guzmán, todavía trata de dar la batalla sobre el rumbo económico.

Aunque esta semana se dedicó a tuitear hilos de reconciliación con Maximo Kirchner y Axel Kicillof, como el novio que se manda una cagada y pone pasacalles pidiendo perdón, en el fuero interno, el economista con posgrado en Columbia juega parecido a Macri: cree que cuando las papas quemen, cuando haya una amenaza seria de que todo se desmadre, los que hoy lo hostigan también irán al pie de su programa estabilizador que incluye un pronto arreglo con el Fondo Monetario Internacional.

Cuando dice eso, recuerda que así ocurrió con las diferencias que tenía con el Banco Central en 2020 sobre cómo contener el dólar: cuando el paralelo se arrimó a $ 200, le dieron las riendas y relegaron al banquero Miguel Pesce. Ahora es distinto, porque en definitiva está discutiendo la mirada económica de nada menos que el tándem Cristina-Kicillof. Y con la importancia que tiene para el Frente de Todos ganar las elecciones.

Mientras gracias a ingresos extraordinarios sostiene por ahora la prolijidad fiscal como última bandera de su plan económico, su explicación central sobre por qué tiene reparos en salir con el helicóptero a repartir pesos y demorar un arreglo con los organismos multilaterales es que una mayor emisión monetaria puede terminar en una escalada del dólar, un salto en la brecha cambiaria y en otra disparada de los precios de los alimentos con vaya a saber qué consecuencias sociales, si hoy la pobreza ya es de casi 50%.

Es decir: el cóctel que se imagina Macri.

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