Detrás de la grieta del ballotage

Por Jeremy Schuvaks

Este domingo hay elecciones en Perú, en donde se elige entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo. Más allá del resultado, este proceso electoral sirve para entender cómo funciona la estrategia que mantiene el estatus en la región.

Los postulantes parecieran ser dos polos completamente opuestos. Por un lado, Keiko Fujimori es una dirigente con vasta experiencia. Comenzó su carrera política en los 90 como primera dama luego de que su padre, Alberto Fujimori, corriera a un costado su esposa, Susana Higuchi, quien lo había denunciado. Desde ese entonces, Keiko ha representado al “fujimorismo” como una corriente de derecha neoliberal. En el otro bando, Pedro Castillo, quien era poco conocido hasta el pasado 11 de abril cuando se presentó en las elecciones. Representa un partido de izquierda tradicional y alcanzó cierta popularidad cuando en el 2017 dirigió una huelga de profesores.

La candidata Keiko Fujimori

La primera vuelta fue una de las más fraccionadas en la historia de Perú. Esto demostró cómo allí también la crisis económica se traslada hacia una crisis de respaldo institucional en la política democrática. O bien puede simbolizar una estrategia de dividir para vencer. Si sumamos los votos de ambos candidatos, sólo se alcanza a un 31% del padrón (Pedro castillo sacó el 18% mientras que Keiko Fujimori el 13%). Hasta hace poco, Castillo contaba con el voto del 55% de quienes se oponían a Fujimori. Es decir que gran parte de la población elige votar a quién considera el “mal menor”.

A pesar de que en varias posturas, como frente al aborto o al matrimonio igualitario, representan una política conservadora y religiosa, sus respectivas imágenes en el inconsciente colectivo son sumamente diferentes. Y la historia ha demostrado que muchas veces esta construcción es la que define las urnas.

“La imaginación es más importante que el conocimiento. Pues el conocimiento es limitado, y la imaginación rodea el universo” dijo Albert Einstein en una conversación con George Sylvester Viereck en The Saturday Evening Post en 1926. Y si de imaginación hablamos, tenemos que entender cómo afecta la tecnología en nuestras decisiones. Por ejemplo, en la atención, nuestra capacidad de lectura se ha duplicado en los últimos años. También afecta en las habilidades críticas ya que la saturación de la información genera constantemente estímulos que apelan a la bronca y humillación. Estos sentimientos son, a su vez, generados por las mismas expectativas incumplidas de la modernidad neoliberal y globalizada. Sé tu propio jefe, la meritocracia e independencia financiera sirven como escudo para un modelo de libre mercado y al mismo tiempo como espada para desvirtuar y desprestigiar modelos proteccionistas y solidarios.

En los últimos años, hubo panoramas similares en los que una crisis económica impacta directamente en la desconfianza popular y afecta en las elecciones imponiendo a un gobierno de derecha. Un ejemplo es en los 90, después de que el Plan Cóndor quite del mapa la idea de una construcción colectiva, idealizada en los 60 de Cuba, y logre un distanciamiento con la militancia política.

Varios años después, la crisis financiera del 2008 demuestra el verdadero funcionamiento del “efecto del derrame” pero inversamente. Las principales economías de las potencias caen y arrastran a los países del tercer mundo. Esta desestabilización económica se traduce en desconfianza hacia la política. En paralelo, la agenda lo transforma en bronca y, en última instancia, se traduce en una nueva ola de indiferencia colectiva. Esta línea de sucesos influye en la cadena de gobiernos de derecha que surgen durante los últimos años en Latinoamérica.

En la actualidad, a la crisis la impuso el Coronavirus. En Perú esto se multiplica hacia varias crisis: sanitaria con más de 80 mil muertos extraoficiales; económica con una caída del 13% del PBI y con el endeudamiento más largo-plazista de su historia hasta el 2120; y de identidad y representación política con un año 2020 que dejó tres presidentes en una semana.

El candidato Pedro Castillo

Nuevamente la saturación mediática impacta en sus elecciones y ha afectado a ambos postulantes aunque en forma muy imparcial. Pedro Castillo ha optado por no presentar a su equipo intentando evitar que los “terruqueen”. (término que proviene del “terrorismo” y fue modificado por el dialecto qechua. Hoy en día es más bien un sinónimo de estigmatizar, prejuzgar y asociar con corrientes extremistas). En cambio, en el caso de Keiko Fujimori, quien fue acusada acusada de lavado de activos por sobornos de la constructora Oderbrecht, no llegó a generar un escándalo tan grande como el de Lula en Brasil. El poder está cada vez menos en el consenso ideológico y se traslada hacia una confusión mental y a la descarga de estrés emocional. En este sentido, Fujimori ataca a Pedro Castillos diciendo que su camino los dirige hacia Venezuela. Es interesante incluir en ese juego a una clase media trabajadora que en los últimos años salió adelante sin ayuda del Estado y está convencida de que la solución es a través de la meritocracia.

Cualquiera que asuma se encontrará con un gran desafío. Si gana Pedro Castillo buscará implementar una política de redistribución para calmar las aguas. Como podemos imaginar, esto implicará un esfuerzo para negociar con los organismos financieros internacionales complicando mucho su apoyo. En cambio, si gana Fujimori abrirá la economía a mercados internacionales y priorizará las medidas que le recomienden además de realizar ajustes.

En este caso, quizás no se trate de quién gane las elecciones, sino más bien de quién las manipula y cómo.

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