Biden anunció que EE.UU. deja Afganistán: huellas de una invasión con final amargo

Por Manuel Alfieri

A 20 años de poner los pies sobre suelo afgano, Estados Unidos abandonará esa lejana y olvidada tierra asiática en la que, sin dudas, deja una dramática huella: más de 170 mil muertos, un gobierno títere que pende de un hilo y conflictos políticos internos jamás resueltos. “Soy el cuarto mandatario que gobierna con la presencia de tropas en Afganistán. No le pasaré esta responsabilidad a un quinto”, dijo Joe Biden, hace unos días, para comunicarle al mundo la retirada. Y con la espectacularidad  que recomendaría el mismísimo Frank Underwood en House of Cards (“la política ya no sólo es teatro, sino una auténtica industria del entretenimiento”) le puso un potente y simbólico límite a la concreción del anuncio: el próximo 11 de setiembre.

Ese día se cumplirán 20 años de aquel televisado atentado que dejó boquiabierta a la humanidad. Y que marcó, ya desde la cuna, cuán violento sería el recién nacido siglo XXI. El 7 de octubre de 2001, un mes después de que las Torres Gemelas fueran borradas de las postales de Nueva York, el entonces presidente George Bush hijo lanzó la “Operación Libertad Duradera” para invadir Afganistán con una singular interpretación del “derecho a la legítima defensa”.

Mucha agua corrió bajo el puente desde entonces. Fueran demócratas o republicanos, todos los presidentes que antecedieron a Biden sufrieron los avatares de la aventura militar en Afganistán. Todos, también, prometieron algo: una victoria a lo Rambo, aplastar al terrorismo, la retirada definitiva. Ninguno cumplió con su palabra.

Muchos todavía son escépticos respecto del anuncio del ex vice de Obama, quien precisó que la vuelta a casa de los últimos 2500 soldados que quedan en el país asiático comenzará este 1 de mayo.

Una retirada con más pena que gloria

En caso de concretarse, la retirada estadounidense será un regreso con mucho de pena y nada de gloria. Después de dos décadas, la Casa Blanca no cumplió con los principales objetivos que había trazado el guerrerista Bush: derrotar a los talibanes, consolidar la democracia y modernizar el país. Muy lejos de eso, la bautizada “guerra eterna” se transformó en el conflicto bélico más largo de la historia estadounidense y dejó a su paso una tierra arrasada: casi un tercio de los muertos son civiles, entre los que se cuentan 26 mil chicos y chicas.

La economía afgana quedó hecha añicos y cientos de miles de trabajadores apenas sobreviven gracias al tráfico ilegal de opio, que creció como nunca tras la invasión. En el plano político, EEUU logró poner un gobierno favorable a sus intereses, pero que no controla todo el territorio y que es constantemente amenazado por el fuego talibán. “Estamos ganando”, llegaron a decir, en el momento más álgido de la guerra, algunos optimistas generales estadounidenses, al mejor estilo revista Gente durante Malvinas. Pero lo cierto es que, más allá del cuestionadísimo asesinato de Osama Bin Laden, no tuvieron muchos triunfos para anotarse. Y en el horizonte no asomaba nada parecido a una victoria.

Ante ese panorama, mantener la presencia en Afganistán no tenía mucho sentido. Menos que menos teniendo en cuenta que, a diferencia de los tiempos de Bush, la guerra ahora es impopular y, por lo tanto, cero redituable en términos políticos. Si a eso se suma que produjo un despilfarro de 2,3 billones de dólares en 20 años, cartón lleno: mejor usar esos billetes en el plan de asistencia económica que Biden lanzó para hacer frente a la pandemia y que muchos comparan con el New Deal de Roosvelt. Los trabajadores estadounidenses, más preocupados por sus golpeados bolsillos que por lo que ocurre en Kabul, seguramente se lo agradecerán con votos y apoyo.

La decisión del presidente demócrata también expresa un giro en política exterior. Está claro que los intereses de EEUU ya no pasan por los mismos lugares que cuando gobernaba Bush. Hoy, en los pasillos de la Casa Blanca preocupan más los tironeos casi personales con Vladimir Putin, la guerra comercial con China, los planes nucleares de Irán, la amenaza norcoreana y hasta la crisis venezolana. Por otro lado, la mentada guerra al terrorismo, lanzada con bombos y platillos en 2001, ya no se disputa únicamente en las derruidas ciudades afganas, sino en casi todos los rincones del mundo.

Futuro sombrío

Lo paradójico es que la retirada estadounidense podría echar más leña al fuego sobre un territorio que ya de por sí es un polvorín. Varios políticos afganos advirtieron que esta salida “precipitada e irresponsable” pone en peligro a toda la región. Y recordaron que, sin el respaldo de la Casa Blanca, el frágil y artificial gobierno afgano corre riesgo de derrumbarse como un castillo de naipes.

Enfrente asoman los talibanes, que ya planean la arremetida para cuando el escudo militar estadounidense desaparezca. En el marco de unas negociaciones de paz empantanadas, tendrán todo servido para recuperar el poder que perdieron con la ocupación del país. Así, podrían imponer su durísima interpretación de la ley islámica, que durante su gobierno (1996-2001) incluyó la prohibición de trabajar y estudiar para las mujeres. Lo que desde Occidente fue calificado como un “apartheid de género”.

Poco parece importarle todo esto a Biden. De hecho, durante la campaña electoral de 2020 sostuvo que sentiría “cero responsabilidad” si la situación de los afganos empeoraba como consecuencia de una eventual retirada. Así las cosas, el veterano Joe estaría dándole la espalda a una regla muy difundida –pero poco aplicada- en la política estadounidense. Aquella con la que Colin Powell, ex secretario de Estado, le advirtió a Bush sobre los peligros que podría acarrear la decisión de invadir Irak: “if you break it, you fix it”. En criollo: si lo rompés, lo arreglás.

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