El corazón del horror

Por Diego Rojas

Antes de que comenzara la pandemia, hubo grandes movilizaciones en Europa, no sé si recuerdan (oh, espero que recuerden las grandes movilizaciones de Chile) en las que los manifestantes realizaban un ajuste de cuentas con la historia y tiraban abajo estatuas de próceres, digamos, de diversos países que habían sumido a sus naciones en el oprobio del imperialismo colonialista.

Entre 5 y 9 millones de congoleses fueron asesinados por la Compañía, una empresa con distintas ramas que pertenecía al rey Leopoldo II de Bélgica.

En Bélgica la movilización fue en busca del homenaje a Leopoldo II, cuyo nombre completo era Leopoldo Luis Felipe María Víctor de Sajonia-Coburgo-Gotha y que fue el segundo rey de los belgas luego de suceder a su padre, también Leopoldo, desde 1865 hasta su muerte en 1909. También había sido dueño -no es un eufemismo, sino que era dueño- del Congo, ubicado en el centro de África, cuya superficie equivalía a la de Europa occidental y que era pródigo en caucho, que sería un insumo esencial para la industria automovilística y otras industrias. También era pródigo en negros, es decir, personas de la etnia negra cuya mano de obra gratuita era usufructuada por Leopoldo II de la manera más abyecta. Se calcula que entre cinco y nueve millones de congoleses fueron asesinados por la Compañía, una empresa con distintas ramas, que pertenecía al rey de Bélgica. Entre cinco y nueve millones de personas. Leopoldo vivió en la gloria y el reconocimiento de sus pares y de sus súbditos. En 2019 sus estatuas, enfundado en un traje marcial y montando un corcel negro, fueron derribadas por los manifestantes. Hubiera sido como que en Berlín hubiera una estatua de Adolf Hitler junto a Eva Braun.

Estatua de Leopoldo II retirada en Bélgica.

Józef Teodor Konrad Nalecz-Korzeniowski fue un marino mercante polaco, nacido en Ucrania, que se embarcó a la mar desde la vieja Europa para recalar y atravesar el Congo belga, convocado por las necesidades económicas, comerciales y organizativas de la Compañía, la empresa del rey Leopoldo II que ostentaba la propiedad de la nación africana. Después de unos años de esa tarea, el marino mercante renunció. Hizo algunos viajes más, pero ya la mar, según parece, hacía estragos en su memoria (¿cómo retornar del horror?). Entonces escribió.

Józef Teodor Konrad Nalecz-Korzeniowski fue un marino mercante polaco que se embarcó a la mar para atravesar el Congo belga, convocado por las necesidades de la empresa del rey Leopoldo II, dueño del país.

Como Vladimir Nabokov, que era un ruso blanco, escribió en inglés. Quizás la distancia de la lengua permitía una distancia más objetiva con el recuerdo. En su novela, que llamó Heart of Darkness pero cuya traducción al español (El corazón de las tinieblas) tal vez sea más potente, narra la travesía de Marlow a través de un país africano para encontrarse con Kurtz. Sí, creo que, en el título de la novela en español, “las tinieblas” es más pertinente que “oscuridad”. Si la oscuridad remite, por ejemplo, a un desmayo; las tinieblas lo hacen a un mareo imposible de acabar. Tal vez con un hastío del ser, en tanto humanidad. Ah, olvidaba decirles. Józef Teodor Konrad es Joseph Conrad, un gran escritor en lengua inglesa, cuya novela ha sido publicada una vez más este mes por Eterna Cadencia con una gran traducción de Jorge Fonderbrider, que realiza un trabajo de relojero con las notas bibliográficas al pie de página y que le brindan más sedimentos de lectura a esta gran obra con la publicación del “Diario del Congo”, escrito por el marino mercante antes de convertirse en el gran escritor.

El corazón de las tinieblas (Eterna Cadencia).

Martin Sheen empieza la película Apocalyse Now!, de Francis Ford Coppola, acostado en el trópico vietnamita. Despierto. Con una pistola junto a su almohada. The Doors cantan “The End”. Sheen, el actor, se mira en el espejo. Lo golpea, lo rompe, sangra, las cámaras no dejan de filmar. Así empieza, así. Hay que ver esa película, es una obligación estética, política, moral. ¿Recuerdan la escena de los helicópteros, de Robert Duvall diciendo: “I love the smell of napalm in the mornings”? ¿O la escena de la Cabalgata de las Walkirias de Wagner mientras los soldados yanquis bombardean una población? Pero aún mejor: Kurtz, el coronel Kurtz de Marlon Brando, y el final: “The horror, the horror”. Es un film que hay que ver.
¿El imperialismo no existe más? Esa es una paparruchada pequeñoburguesa. Ha pasado la moda intelectual sin sentido de Toni Negri. Las naciones, sus Estados, siguen siendo preponderantes en la explotación de las naciones periféricas. Como la nuestra. Si hay un mínimo de moral, los funcionarios del FMI, sus servidores y quienes los apañan dirán con Kurtz:

“Le gritó entre susurros a alguna imagen, a alguna visión… gritó dos veces, un grito que no fue más que una exhalación:
-¡El horror! ¡El horror!”

Un funcionario colonial y un esclavo con la mano cortada en Congo.

Conrad había visto un genocidio, un descenso del alma humana a los infiernos, el cortar manos, brazos y piernas si los negros del Congo no llegaban a los parámetros establecidos por el rey Leopoldo II, de todos los belgas, para alcanzar sus cuotas operarias de caucho. Secuestraba a las madres de familia para que sus hijos trabajaran. Arrasaba poblaciones enteras. Qué decir. El horror.

El horror.

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