El Axel power. Por Jairo Straccia

En “La Insubordinación de los Privilegiados”, el documental del viceministro de Salud bonaerense Nicolás Kreplak, queda claro: es el neoliberalismo el gran destructor de la salud pública y el empoderador de las prepagas, en un contexto de mercantilización extrema de los derechos sociales básicos, en el que los laboratorios transforman los medicamentos en un producto de valor financiero que se mide en Wall Street.

Estrenado en 2019, cuenta con testimonios de sanitaristas, políticos y pacientes, además de dos personas que por entonces no tenían el estrés de estos días: el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, y su ministro de Salud, Daniel Gollan. El título se lo da una frase de Íñigo Errejón, uno de los fundadores del partido español Podemos, que sostiene en la película que hay una especie de insubordinación de los privilegiados de desembarazarse de la obligación de pagar para vivir en una sociedad más equilibrada”.

El trabajo de 55 minutos está colgado en la home de la Fundación Soberanía Sanitaria, el think tank que nutre la gestión del área en la Provincia de Buenos Aires, y que desde la caída en desgracia de Gines Gonzalez Garcia -exponente de otro influyente centro de estudios de la materia, Isalud- está copando la toma de decisiones de la administración central frente a la pandemia.

El caso recontra testigo se dio esta semana, cuando el presidente Alberto Fernandez incineró en público a su ministro de Educación, Nicolas Trotta, y nada menos que a su par de Salud, Carla Vizzotti, y expuso así a la vista de todos que ya no cuenta con ese equipo para gestionar la segunda ola y que su referencia está cada vez más en La Plata.

Como pocas otras veces, el sello de que fue una medida forzada por el creciente Axel power se vio por todos lados. Primero, porque fue solo el gobierno de la Provincia el que entre todos los distritos del país llevó estas propuestas para enfrentar el fucking coronavirus, contrarias a las ideas que habían esbozado apenas horas antes en los  medios los colaboradores de Alberto. Quedan para la historia el hilo de Twitter de Trotta sobre que había consenso para sostener las clases presenciales algún tiempo más y la explicación de Vizzotti de que se esperaría hasta el 30 de abril para definir nuevas medidas y que por eso el mensaje era salir solo si era necesario “a trabajar y a llevar los chicos al colegio”.

En segundo lugar, porque la pobreza del jefe de Estado en la argumentación de medidas que para muchos especialistas son correctas contrastó con la explicación detallada que -por fuera de las chicanas políticas que dominaron su discurso- exhibió el gobernador bonaerense.

Los detalles del impacto de las clases en el transporte público, ¿no los tenía el Presidente cuando grabó su mensaje o en la entrevista que tuvo que dar 10 horas después por radio para completar los anuncios? La enumeración de los países que tomaron medidas similares, de Reino Unido a Uruguay, ¿no eran mejor defensa que decir que “los chicos juegan a intercambiarse los barbijos”? La lista que nunca mencionó Fernandez de alguna manera sí apareció después en los considerandos del decreto de las restricciones.

La revancha

Caído Ginés y desautorizada Vizzotti, es la hora de la revancha de un sector del pensamiento sanitario del kirchnerismo que pugnó durante el armado del gabinete nacional allá por 2019 por volver a una cartera donde habían pisado en el final de la gestión de Cristina Kirchner.

Gollan, que había sido ministro de Salud de la Nación entre febrero y diciembre de 2015, se había quedado con las ganas de volver al cargo que había probado esos meses tras la salida de Juan Manzur hacia la gobernación de Tucuman. De hecho, la pelea antes de la asunción de Alberto era de Gollan y los suyos de Soberanía Sanitaria por un lado, con el ala farmacéutica tucumana que encarnaban entre otros Pablo Yedlin -hoy titular de la Comisión de Salud en Diputados- y la vieja guardia de Ia salud cruzada por históricos del peronismo bonaerense que devendría en la banda de “conseguime una vacuna”. Al principio ganó Gines. Luego quedó Vizzotti. Ahora hay una intervención de hecho.

Porque no se sabe si lo habrá notado cuando lo decía, pero Kicillof en un tono mucho más de “soy el que mando” que el del propio Presidente, subrayó para pegarle a la Ciudad de Buenos Aires que fue él quien consiguió “millones de vacunas” y que las puso a disposición del gobierno nacional, admitiendo su liderazgo en las gestiones con el Instituto Gamaleya de Moscú por la Sputnik V.

Al mismo tiempo, confirmó algo que hasta ahora estaba en el ambiente:

Que él y su equipo participaron en la elaboración de la ley de vacunas que motorizó todas las compras de dosis que se hicieron pero que por las modificaciones introducidas frustró la negociación con el laboratorio Pfizer.

Kicillof apuntó contra un cambio -el de exceptuar en casos de negligencia la inmunidad judicial que pedía el laboratorio- y se lo achacó a la oposición. Pero la diputada oficialista Cecilia Moreau reconoce que fue ella quien introdujo el matiz. En las filas de Juntos por el Cambio le apuntan a su vínculo con Kreplak para haberlo hecho. Ahora Kicillof un poco que les dio la razón.

Cambiar las fuentes

La gran cuestión de fondo es que a esta altura del mandato del Frente de Todos, hay un aprendizaje para los periodistas que buscamos saber hacia dónde va a rumbear la cosa. Cada vez tiene menos sentido el WhatsApp al allegado del primer mandatario, el chat con el ministro o con su secretario que se pela el traste en este contexto de disparada de casos, escasez de vacunas y aceleración de la inflación.

Las respuestas pueden ser rápidas, sinceras y amables, pero cada vez más seguido se descubre que no tienen que ver con lo que termina pasando, porque luego los propios encargados de áreas clave se enteran por los medios de una decisión que les cambia el presupuesto, les desarma la estrategia o les detona el orden de prioridades que venían trabajando.

Y es una simplificación, un error o un trazo muy grueso el decir a lo Leuco que es porque “manda Cristina”, porque en realidad lo que se impone, me animo a arriesgar, es el Axel power. Basta recordar algo que contaban sus viejos compañeros de gestión económica cuando era ministro hasta 2015, respecto de la fuerte ascendencia del economista sobre la dos veces presidenta.

El trascendido desde Olivos respecto del giro del Gobierno sobre las restricciones es que hubo llamados de la vice a su designado con un mensaje que les daría la razón: le dijo que “lo siga” al gobernador de la Provincia.

Acá es el momento de la película  donde entonces te explican rápido un montón de escenas que habían pasado de largo y ahora cobran un nuevo sentido. Fijense en Energía. ¿No fue Kicillof el primero en aumentar las tarifas eléctricas un 7% mientras el ministro de Economía, Martin Guzman, apostaba todavía a un ajuste en línea con la inflación? Contó Alejandro Bercovich en BAE que Kicillof antes había pasado por el Palacio de Hacienda a decirle que seguir con ese plan le prendía fuego el Conurbano. Otra vez el Axel power.

¿No habían trascendido reparos del gobernador por la excesiva cautela fiscal de un presupuesto sin planes B para atender a los afectados por las restricciones de una eventual segunda ola? De golpe, mientras en Economía subrayaban que se los atenderia solo con nuevos planes Repro y más Tarjeta Alimentar, en el entorno de Guzman se desayunaron con que habría un bono de $ 15 lucas para beneficiarios de planes sociales y monotributistas de las categorías más bajas y se pusieron a hacer los cálculos fiscales. Axel power.

Cada llamada del ministro de Producción provincial, Augusto Costa, con la secretaria de Comercio Interior, Paula Español, la principal espada del control de precios, ¿que es? Es Axel power.

En su libro ¿Y ahora qué?, Kicillof dialoga con Carlos Pagni sobre los desafíos de gobernar la provincia de Buenos Aires, y en especial, darle respuestas a los problemas estructurales de, por ejemplo, el Conurbano, que en marzo tuvo la mayor inflación de todo el país, un 5,2%.

Allí, explica que los fenómenos más complejos son productos del impacto del neoliberalismo y ante el comentario de que es muy poco lo que se puede hacer al respecto desde una gobernación, responde: “Depende mucho de la macroeconomía, del proyecto de nación, pero siempre se puede hacer un montón de cosas”.

 

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